“La mayor astucia del Diablo es hacer creer que no existe”. La conocida frase del poeta Charles Baudelaire solía repetirla Alexandre de Marenches, director del servicio de inteligencia exterior de Francia (SDECE) durante las legislaturas de Georges Pompidou y Giscard d’Estaing; asesor de Ronald Reagan y cofundador durante el gobierno de George Bush del Safari Club, un proyecto de cooperación de los servicios secretos de varios países. ¿Por qué Marenches hacía uso de esta frase? La sentencia es extrapolable a todo aquello que el Poder en la sombra que domina el mundo, oculta a la humanidad, con el objeto de mantenerla sumida en la ignorancia, y así trabajar con total impunidad en proyectos lesivos que, oficialmente, “no existen”. 

El desconocimiento de la realidad y la credulidad ciega en quien no merece nuestra confianza nos hace vulnerables y nos convierte en presa fácil a merced de los depredadores. La situación distópica de hoy es consecuencia de esta circunstancia. Por eso estamos viviendo momentos de incertidumbre, de miedo, de inversión de valores y de psicosis colectiva, sin entender el porqué. Pero lo cierto es que nadie sabe qué ocurrirá mañana, excepto “ellos”. Aunque no creo que, al final, les salgan las cuentas como esperan. ¡Esto no ha terminado y estamos en pie!

Los programas de dominio nos asustan con los virus, la economía, la energía y el cambio climático, diseñados ad hoc por los psicópatas que dirigen el mundo. La solución, por tanto, no puede provenir de los creadores del caos. En realidad, por extraño que parezca, la clave está en los ciudadanos. Sí, en nosotros, en el desarrollo de nuestra conciencia. Esto no tendrá solución si no caemos en la cuenta de que en este presente que nos ha tocado vivir, se está librando una guerra espiritual, psíquica, mental. Hay muchos indicios que apuntan a ello. Otra cosa es que desarrollemos la perspicacia suficiente para descorrer el velo y la valentía para afrontarlo. 

El citado Alexandre de Marenches, en posesión de información privilegiada y conocedor de los programas en los que diferentes servicios secretos –su especialidad— estaban trabajando, aseguraba en 1988 que se estaba librando la Tercera Guerra Mundial, en la que aparte de las clásicas armas al uso: subversivas, psicológicas, ideológicas o climáticas, capaces estas últimas de crear a voluntad sequías, terremotos, ciclones o inundaciones a fin de desestabilizar el mercado de alimentos y castigar a naciones enteras –eso decía ya entonces—, aludía a la guerra psíquica, a la que calificaba de terrorífica, capaz de contaminar mentalmente a grandes estratos de la población. ¿Y por qué al ciudadano no se le cuenta esto?, se preguntan los ingenuos. La respuesta es obvia: porque las armas psíquicas son para utilizarlas contra la humanidad, como de hecho ya se está haciendo de manera amplificada con ayuda de la nanotecnología y la geoingeniería. En este campo, lo físico y lo psíquico se yuxtaponen y complementan. Lástima que sea para el mal.

La sociedad conoce los fusiles, las metralletas, las bombas, los misiles e incluso el napalm, pero desconoce todo sobre estos cañones de nuevo cuño, invisibles e intangibles, que aparentemente “no existen”, creados a base de algo que “tampoco existe”, relacionado directamente con nuestro cerebro y nuestra mente, expresado como “habilidades PSI”, es decir, clarividencia, precognición, telequinesia, telepatía, poder mental, y otros hechos que escapan a la comprensión de nuestro universo tridimensional y a la lógica humana. Por eso a los grandes poderes les ha resultado tan fácil ridiculizar estas potencialidades y ocultarlas.

Los fenómenos extraños, el mundo del misterio, de lo  inexplicado, de los ovnis, de la parapsicología, de lo no tangible, de lo insólito y de lo invisible es catalogado por la ciencia oficial como meros delirios mentales de personas desequilibradas, superchería, superstición, propio de personas poco desarrolladas e intelectos escasamente cultivados. Sin embargo, la ciencia avanzada, cuyos descubrimientos se mantienen ocultos al gran público y a los propios científicos de a pie, dista mucho de este pensamiento.

Hace mucho tiempo que la gran ciencia conoce la realidad de estos fenómenos, y ha aprendido a reproducirlos, no para beneficio del ser humano, sino con fines de control, militares y bélicos. Eso sí, invirtiendo, a la par, cantidades ingentes de dinero público en propaganda y estrategias para que el pueblo siga creyendo que se trata de puro folclore y se avergüence incluso de hablar de ello o de contar vivencias personales en este campo. Los medios de comunicación han hecho mucho daño en este sentido.

El viejo sueño de unos y el temor de otros se está cumpliendo a los ojos de todos. El robot humano transhumanista es casi un hecho. El físico y experto en sociedades secretas y proyectos de control humano, Jacques Bergier decía: “… la posibilidad de dominar el mundo por medios psíquicos es un peligro mucho mayor que todos los que ha conocido la humanidad”. Y advertía a los gobiernos sobre ciertas armas que algunos científicos escondían, mucho más peligrosas que las bombas atómicas. En efecto, estaba hablando de las armas psíquicoespirituales.

A lo largo de las últimas décadas del siglo pasado se han ido filtrando documentos sobre el estudio de la parapsicología con fines militares. En plena Guerra Fría, el Comité de Inteligencia de la Cámara Baja de Estados Unidos aseguraba que las potencias que más invirtiesen en el estudio de la parapsicología aplicada y que primero desarrollasen esas técnicas no convencionales obtendrían una ventaja frente a otras. 

Con el fin de investigar las posibilidades de las facultades paranormales, como las enumeradas: telepatía, telequinesia, clarividencia y otras, el gobierno de Estados Unidos creó el Proyecto Stargate. Era solo una pantalla para la justificación de fondos que se estaban desviando a otros “menesteres” al margen de la ley. Secretamente, se estaba experimentando con microondas y ELF sobre los cerebros de personas aisladas y capas de población, y otros programas ilegales de manipulación y control bajo la denominación de MK-Ultra y sus subprogramas, entre ellos el “Control Intracerebral Radio Hipnótico” (RHIC, por sus siglas en inglés) y el “Disolución Electrónica de la Memoria” (EDOM, por sus siglas en inglés). Estos experimentos consistían en borrado de memoria, inserción de historias no vividas, estimulación eléctrica del cerebro, bombardeos de microondas y ultrasonidos y modificación de la conducta sexual y social. En 2017 la CIA liberó miles de documentos sobre el tema, aparte de los que se habían desclasificado anteriormente, en virtud del Acta de Libertad de Información (FOIA, por sus siglas en inglés). 

Esta información ayuda a comprender la dinámica actual de los campos electromagnéticos en todo el planeta y el internet de las cosas, máxime si adicionamos el complemento de ciertos adyuvantes de las inoculaciones, cuyo fin es la interacción y modificación de los circuitos neuronales, implantar pensamientos e historias ficticias y borrado de recuerdos. Es decir, los experimentos llevados a cabo en EE.UU. y otras potencias –por lo cual el jefe de la CIA tuvo que declarar ante el Senado— se están poniendo en práctica con toda la población. Pero estas armas no están censadas y, por tanto, no se necesita licencia para operar con ellas, ni existe ningún tipo de normativa internacional, porque “no existen”.

Alemania empezó la investigación psíquica mucho antes que Estados Unidos. Hitler era un forofo de esta temática y el Tercer Reich realizó numerosas investigaciones, así como búsquedas de objetos de poder, como el santo Grial, creación de prototipos ovni, o canalizaciones con otros planos. Debido a los aciertos de un vidente del führer sobre la guerra, Rusia profundizó en las investigaciones en este campo. De hecho, los rusos siempre estuvieron por delante de los estadounidenses, reconocido por ellos mismos en un documento secreto de la CIA. 

El hecho quedó demostrado en el experimento internacional Kosmos Ziemia, que consistía en la comunicación telepática de psíquicos de todo el mundo con el astronauta Edgar Mitchel desde el Apolo 14. El ruso Avtandil Lomsadze fue el telépata mejor dotado. El informe sobre este experimento es muy detallado e interesante.

En 1954, los rusos ya estaban muy avanzados en el espectro de estas capacidades humanas. En el laboratorio secreto Academiah, próximo a la ciudad de Novosivirsk, científicos y unidades especiales de la KGB trabajaron activamente durante años en la investigación psíquica y avanzaron en la dermoóptica –en la que el desaparecido Jacobo Grinberg era un experto—, en la visión remota y en lo que más tarde se denominaría radiónica o actuación a distancia sobre la materia. También se hicieron ensayos con armas psíquicas para bloquear sistemas de radar. (En otra ocasión hablaré de la implicación de Andrija Puharich y un grupo de psíquicos, entre ellos Uri Geller, en la Operación Entebbe, para rescatar a los rehenes en el aeropuerto de Uganda, en 1976. Una misión llevada a cabo por las Fuerzas de Defensa de Israel, siguiendo las instrucciones del Mossad).

Y anterior a todo esto, en 1882, el físico William Barrett y otros eruditos de la Universidad de Cambridge habían fundado la Society for Psychical Research (Sociedad para la investigación psíquica), al que también perteneció el médico y fisiólogo, premio Nobel de medicina, Charles Richet, autor del famoso Tratado de Metapsíquica. Algo que se inició para descubrir las potencialidades del ser humano y utilizarlas para su evolución y desarrollo, se convirtió en un arma peligrosa en manos de los oscuros manipuladores del mundo.

Paradójicamente, mientras la ciencia oficial sigue catalogando el estudio y conocimiento de estas cualidades humanas como seudociencias, la ciencia avanzada –que nunca dice todo lo que sabe— y los servicios secretos de las principales potencias, en conjunto con los organismos al servicio de la Defensa de los Estados respectivos, no solo conocen su realidad, sino que las utilizan como armas de guerra. Y esto es lo realmente grave. 

“El único poder verdadero es el del espíritu sobre el espíritu”, decía John Buchan, seudónimo del prolífico escritor británico Lord Tweedsmuir, gobernador general de Canadá. Lo decía desde su visión objetiva sobre las guerras, su dilatada experiencia política y su visión del mundo. 

Hablamos de guerra mental o psíquica y espiritual porque lo mental afecta a lo espiritual; todo forma un conjunto que debe estar conectado y en armonía. Estas armas no solo pueden destruir los átomos materiales de los que está formado nuestro cuerpo físico, sino producir desajustes vibracionales en los niveles atómicos más sutiles y romper el “puente” que une el alma con nuestros cuerpos inferiores, convirtiéndonos en meros “cascarones” vacíos, zombis, muertos en vida. Por eso es tan importante mantenernos conscientes y cultivar nuestra parte divina. 

Muchas veces me preguntan si, realmente, quienes nos dominan en estos tiempos de distopía y se apoderan de nuestras mentes, podrán también arrebatarnos el alma. Aunque estoy lejos de conocer la verdad última, puedo asegurar que NO. Ahora bien, hoy más que nunca, sabiendo que están al acecho, tenemos que estar alerta, cultivarla y cuidarla, como nuestro gran tesoro. El bien más preciado que tenemos.

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Fuente:eldiestro.es