Hace algunos días celebrábamos, en las redes, la recuperación de la fachada de un edificio emblemático de la ciudad, como es el edificio de la querida Escuela 1.
Hoy día descubrimos, horrorizados, cómo aquellos seres insignificantes que descubrieron que nada de lo que puedan hacer con sus pobres vidas va a darles un lugar en la comunidad en la que habitan, emporcan, ensucian y destruyen el Patrimonio de su ciudad,
con el convencimiento (consciente o inconsciente) de que sólo esta agresión a la belleza, al orden, a la limpieza podrá dar fe de su existencia al resto de la comunidad en la que (desgraciadamente) habitan. Parafraseando al filósofo René Descartes, podríamos decir que su lema sería: “Ensucio y ofendo, luego, existo”.
Hay personas en las sociedades mode
as que, faltos de algo que justifique sus vacías existencias, han descubierto que sólo pueden hacerse notar al resto de los habitantes del planeta tomando una metralleta y asesinando a los alumnos y profesores de una sala de clase o de un cine, lanzándose a las calles a quemar, robar y destruir propiedad pública y privada, escondiéndose bajo el manto protector de una consigna política, gremialista o ambientalista o, simplemente, manchando y garabateando los muros recién pintados de murallas de la ciudad.
Creo que ya es hora de que los habitantes de esta y tantas otras ciudades de Chile tomen consciencia de esta lacra que azota al mundo actual, que se organicen, denuncien y se opongan a la acción de estos vándalos que amenazan, no sólo estéticamente, a nuestro ento
o, sino que amenazan la existencia misma de nuestra convivencia civilizada.
Clímaco Hermosilla Silva
