FOTOGRAFÍAS MENTALES

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Hay fotografías que se guardan en álbumes y otras que permanecen durante décadas en la memoria.

Mientras tomaba una fotografía vi cruzar la calle a una persona que conocía desde niño. Al acercarse hacia la vereda lo nombré en voz alta. Se detuvo extrañado, me observó por unos segundos y comprendí que no me había reconocido.

Comencé a darle pistas. Le hablé de la escuela, de compañeros y de situaciones compartidas. Esperaba que en algún momento apareciera el reconocimiento, pero no sucedía. Seguía observándome con una mezcla de duda y curiosidad, intentando relacionar mi rostro actual con alguna imagen guardada en su memoria.

Le di nuevas señales, pero tampoco resultaron, incluso llegó a preguntarme si vivía en la ciudad. Comprendí entonces que estaba tratando de ubicarme en el presente porque ya no lograba encontrarme en su pasado.

Después de varios intentos advertí que comenzaba a resignarse. La conversación parecía acercarse a su fin y él estaba dispuesto a continuar su camino sin resolver aquel pequeño misterio. Pensé que debía ayudarlo y finalmente le dije mi nombre. Fue instantáneo.

La duda desapareció y en su lugar apareció una sonrisa. Como si una puerta se hubiera abierto de golpe en su memoria, recordó de inmediato una travesura ocurrida cuando teníamos apenas diez u once años.

Todavía puedo ver aquella escena.

Estado en mis casa, había encontrado un fajo de billetes en la máquina de coser, lo guardé en mi bolsillo y me fui a la escuela sin saber qué hacer con él. En un momento en la sala de clases quedamos solos y tuve la brillante idea, de esas que tiene uno a esa edad, que nada mejor era el compartir esos billetes con mis compañeros tirándolos a la "chuña", término que significa que el que lo tome tiene el derecho a apropiarse lo que agarre con sus manos. Por un rato el profesor se ausentó y me subí a un pupitre comenzando a lanzar billetes  al aire mientras mis compañeros, entre risas, gritos y empujones, intentaban atrapar la mayor cantidad posible. Por unos minutos la sala de clases dejó de ser sala de clases y se convirtió en el centro de una inesperada celebración infantil.

La algarabía terminó cuando llegó el profesor. Al preguntar qué estaba ocurriendo, uno de mis compañeros explicó la situación. Entonces pidió que devolvieran los billetes, reunió el dinero y mandó a buscar a mi madre para contarle lo sucedido y entregarle aquello que su hijo había estado repartiendo a manos llenas.

Hoy, al recordar aquella escena, me resulta inevitable pensar que a la edad que tenía en ese entonces no comprendía el valor del dinero, ni me llamó la atención querer comprar algo, sino que compartirlos sin preferencias según el interés demostrado.

Sin duda que esa acción desde los ojos de un adulto, aquello resulte gracioso e imprudente, pero  desde los ojos de un niño que era entonces, fue una reacción espontánea ante algo cuyo significado era difícil de comprender.

Sin embargo, lo que más me impresionó de este encuentro no fue recordar la travesura. Fue descubrir que aquella escena había permanecido intacta durante más de sesenta años en la memoria de otra persona.

Lo más curioso fue comprobar que mientras yo necesitaba varias pistas para intentar ayudarlo a reconocerme, bastó decir mi nombre para que aquel recuerdo reapareciera completo y sin esfuerzo. Como una fotografía guardada durante décadas en un antiguo cajón, la imagen volvió a revelarse de golpe. Quizás por eso el encuentro tuvo algo especial.

De no haber ocurrido aquel encuentro casual en la calle, jamás me habría detenido a pensar que una pequeña escena de mi infancia había sobrevivido durante más de sesenta años en la memoria de un antiguo compañero y quién sabe cuántas otras capturas mentales permanecen todavía guardadas en quienes alguna vez compartieron parte del camino con nosotros, para bien o quizás no tanto.

Pasamos la vida creyendo que nuestros recuerdos nos pertenecen, hasta que descubrimos que también vivimos en la memoria de los demás.