Desde un punto de vista psicológico, la desesperanza aprendida es una suerte de convicción, presente en algunas personas, de que no es posible modificar la realidad y que, independientemente de las acciones que emprendan para cambiarla, las cosas se quedarán como están.
Esta sensación surge cuando, por un motivo u otro, la persona sufre varios fracasos continuos en una misma lucha, lo que hace que se vaya agotando su energía para volver a intentarlo.
Es lo que ocurre con aquellos que nacen en una situación de pobreza y marginalidad donde son tan escasos los medios para salir de ella que cada intento por superar la adversidad termina en un fracaso o en una desilusión.
Bombardeados por un sistema deprimido en que todas las explicaciones están ligadas a la mala suerte, a la voluntad de Dios o la acción de los gobernantes, acaban por sentirse incapaces de doblarle la mano al destino y abandonar el círculo destructivo.
“¿Para qué estudias si igual vas a ser un obrero?”, o “los estudios no son para la gente como nosotros” o “no te pongas metas altas porque vas a terminar sufriendo”, son voces que llaman al desaliento, la pasividad y la parálisis.
A otra escala, también hay desesperanza en el niño que se saca rojo en matemáticas a pesar de todos sus esfuerzos por rendir mejor. Al cabo de un tiempo, es probable que ya ni siquiera intente estudiar y entender, pues tiene tan internalizada la idea de incontrolabilidad, que frente a cualquier ejercicio se paraliza y cierra su mente a la posibilidad de abordarlo desde un nuevo punto de vista.
Ante esta realidad, es necesario que el desesperanzado desarrolle recursos que le permitan aumentar su autoconfianza y adoptar una actitud más optimista frente al futuro.
