
En la segunda mitad del siglo XIX, la Casa Duhart, familia vasco-francesa asentada en Chile, levantó en Cañete un molino a orillas del río Tucapel.
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A fines del siglo XIX, cuando se proyectaban los primeros trazados ferroviarios en el sur de Chile, la lógica indicaba que el trayecto más eficiente debía unir Concepción con Cañete, pasando por Arauco y Lebu.
Nadie recuerda exactamente cuándo fue la última vez que lo vimos, pero lo cierto es que ya no está. Se esfumó entre titulares absurdos, normativas contradictorias y discusiones donde el grito pesa más que la razón.
Ver el mundo con lucidez es tan difícil como explorar un universo desconocido. No hay brújula, ni certezas. A veces, ni siquiera hay tierra firme, sólo vacío entre pensamiento y sentimiento.

Es lo que me dijo un amigo, un mes después del terremoto del 27/F.
No podía creer lo que escuchaba. Ya había estado en Lebu días después de la tragedia, impactado aún con lo que había visto en el río; pero esa frase me empujó a volver. Había algo que no cuadraba, algo que necesitaba ver de nuevo, pudiendo comprobar que algo peor estaba ocurriendo.
