Italiano de Capitán Pastene, hijo de inmigrantes genoveses, integrado a la vida cañetina, por sus actividades forestales, desde los años 40.
Alto, delgado, buena pinta, de carácter extrovertido, cariñoso, generoso, capaz de realizar las mayores locuras un día y los gestos más nobles al otro. Mujeriego, apasionado, de emociones fuertes, cuando andaba de farra (a menudo) su corazón grande amenazaba salírsele del pecho por lo que, al sentir como una insuficiencia respiratoria, daba grandes y sordos rugidos como de león. Con los obreros de sus aserraderos era como un patriarca. En muchas ocasiones les regaló la madera para que se hicieran sus casas...y hasta yuntas de bueyes para que trabajaran sus pedazos de tierra...Es verdad que, muchas veces, “don Conta” se dejó convencer por los grandes ojos ( u otros atributos) de la señora del trabajador!
En una ocasión, su hijo Enrique Venturelli Castagnoli (Quique) le comunica que quiere casarse y le ruega que lo acompañe a Santiago a pedir la mano de la niña elegida.
-”Qué vamos a ir a Santiago con estos calores!” dice “don Conta” (era el mes de Enero). “Tráela p`acá pal fundo (el fundo “Paillaco”, en la costa sur de la provincia de Arauco) y yo te hago aquí una fiesta como Dios manda”.
-”No pus papá”, le dice Quique, “la cabra es pituca ( de apellido Ruiz-Tagle) y Usted aquí, seguramente, se va a curar en la fiesta y me va a dejar la embarrá. Yo lo conozco”.
-”Cómo se te ocurre”, replica don Conta, “la ocasión es seria. Te prometo que me porto bien. No todos los días se le casa un hijo a uno!”.
Después de mucho hablar y, tranquilizado por las promesas de don Conta, Quique acepta sus consejos e invita al fundo a su novia y a los padres de esta, los que fijan fecha para el viaje.
Llegado el día, Quique los va a esperar a la estación de ferrocarriles de Renaico en su Ford A y los conduce enseguida a las casas del fundo “Paillaco”.
Al llegar, los espera una larguísima mesa de mantel blanco bajo una gran ramada. Todo está perfecto. Entre los invitados, el diputado Juan Widmer, del Partido Conservador Unido, los notables de los cercanos pueblitos de Quidico y Tirúa y unos cincuenta o sesenta huasos a caballo, dueños de los campos vecinos.
Para asegurar la categoría y el éxito de la fiesta, don Conta había mandado a buscar una orquesta...a Lota!
Después de los saludos y presentaciones, la novia y su familia se cambian de ropa. Muy elegantes, llegan al almuerzo. La novia, con un traje blanco, se sienta entre don Conta y el novio. Frente a ellos, los consuegros. Todo se desarrolla normalmente hasta que “el tuerto” Venturelli ( primo de Quique) empieza a desafiar a don Conta:
-”Ya pus don Conta, tómese un traguito. Cómo va a despreciar a esta chiquilla tan bonita!”
- Don Conta se resistió al principio pero, luego, se dejó vencer por la tentación y comenzó a hacer brindis a destajo.
-”Ay! Que estoy contento”, gritaba una hora más tarde y lanzaba al aire las copas con restos de vino tinto, el que, al caer, llenaba de grandes manchas el elegante vestido de la novia.
Quique le hacía gestos al tuerto (llamado también Enrique Venturelli, pero de segundo apellido Cortesi ) para que no hiciera tomar más a su padre, pero el tuerto, verdadero “ángel malo”, picaneaba más y más a don Conta. Este, de pronto, se queda mirando a la consuegra y la reconoce como una antigua polola que había tenido en Santiago y le dice:
-”Te acordás, viejiña, cuando este viejito te tiraba los tejiños”? La consuegra se quería morir...y el consuegro, furioso, se la quería llevar de vuelta a Santiago, junto con la hija.
Para rematar, la orquesta se pone a tocar en ese momento una cueca. Don Conta, al sentir los primeros compases, se saca los zapatos y, en calcetines de lana, se manda un paseo, pañuelo al viento, sobre la mesa, botando platos y botellas.
Es el caos!...Y el fin de la fiesta!...
Los consuegros se paran y se llevan a la novia.Quique, avergonzado, pidiendo disculpas, lo único que quiere también es morirse.
Humillado y angustiado, el pobre Quique conduce a la novia y a los padres de esta hasta Quidico, pequeña caleta cercana al fundo y los acomoda en el hotel de “Machas Caras”.
Ahí estaban cuando, muy temprano en la mañana del día siguiente, llega el campero de don Conta con dos corderos y un chivo muertos para que hicieran un asado.
Don Conta quería arreglar “la embarrá” que había dejado...pero no fue posible.
La novia, realmente enamorada de Quique, intercedía en favor de don Conta:
-”Pero, papá,...si él actuó así porque estaba feliz!...”
Pero no hubo caso! El padre de la novia ordenó el inmediato retorno a Santiago.
Cuando Quique me contaba la historia, todavía se ponía colorado al recordar los detalles de lo sucedido...hacía cuarenta años!
-”Bueno, y qué sucedió con la novia?”, pregunté yo, curioso.
-”De pura vergüenza, no volví más a verla”, me respondió Quique...y suspiró largamente.
Quidico es un pequeño balneario situado casi en el extremo sur de la provincia de Arauco.Hoy se ha llenado de pintorescas casitas de veraneo de los cañetinos y de familias que han llegado de Capitán Pastene, de Traiguén y de otras ciudades del país. El entorno de Quidico es privilegiado. El pueblito está ubicado en una ensenada bellísima encerrada entre la Cuesta de Cura por el norte,colina desde la cual se divisa, al frente, la isla Mocha y, hacia el norte, kilómetros de inmensas playas solitarias. El límite sur lo establece el río Quidico, que desemboca en el mar después de serpentear por kilómetros en medio del valle que dejan dos cadenas montañosas que llegan perpendicularmente al mar. La cadena montañosa de más al sur se interna algunos cientos de metros en el mar y va a morir ahí formando La Puntilla, promontorio rocoso en el que se estrellan los embates de las grandes olas del mar quidicano.
Antes en el extremo norte del pueblito, hoy casi en el medio de él, sobre la cima de una suave colina se encuentra el cementerio del poblado. Llegar hasta ahí produce una profunda impresión. Sobrecoge la calma y la hermosura del paisaje que, entre las cruces y las rejas forjadas de las tumbas y bajo las ramas de los inmensos y viejos cipreses del lugar, se puede apreciar a todo lo ancho del horizonte.
Las enredaderas y flores silvestres que invaden todos los rincones con la variedad de su colorido y las largas ramas de los cipreses con su color verde oscuro, contrastan con el brillo de las aguas del mar, de un color azul claro a veces y otras, de un verde esmeralda.
Estando aquí no se puede dejar de pensar en el poema de Paul Valéry: Le Cimetière Marin
Ce toit tranquille, où marchent les colombes.
Entre les pins palpite, entre les tombes;...
En castellano:Ese techo tranquilo por donde caminan las palomas,
Entre los pinos palpita, entre las tumbas...
Desde este lugar admirábamos el paisaje y conversábamos con Quique Venturelli cuando, de pronto, señalándome una de las tumbas, Quique me dice:
- “Ahí está enterrada “La Flor de Paillaco”, segunda esposa de mi padre”.
- “Cuéntame la historia”, le pedí de inmediato. “Qué pasó con ella?”
- “Mi madre murió cuando yo tenía unos doce años, continúa Quique, y don Conta, después de unos años de viudez, se enamoró de una hermosa campesina de su fundo y se casó por segunda vez. La bautizó como “La Flor de Paillaco”. Así fue conocida en toda la zona.”
Después de algunos años de matrimonio y, habiendo continuado don Conta con su vida turbulenta y bohemia, con sus repetidas y largas ausencias del hogar debidas, según él, a sus obligaciones como empresario forestal, períodos en los que, durante sus visitas a Cañete o con el pretexto de casamientos o bautizos, velorios o entierros,..o simplemente para celebrar algún éxito económico,...o para lamentar algún fracaso, con sus amigos o con sus obreros, don Conta farreaba como loco.
Un día cualquiera, después de hacerle algunas escenas de celos a don Conta en Santiago, “La Flor de Paillaco” vuelve sola a Concepción y, en esa ciudad, se mata de un balazo.
Don Conta cree morirse. Después de un largo velorio, ebrio, al igual que todos sus amigos, se lamentaban, desconsolados, al borde de la fosa mortuoria. De pronto don Conta pierde el equilibrio y cae al fondo de la fosa donde ya estaba depositado el féretro de su mujer muerta, se abraza a él, desesperado, y pide que lo cubran de tierra para morir junto a ella.
Los lamentos y sollozos de don Conta le parten el corazón a todo el mundo.
Con mucho esfuerzo, los parientes y amigos logran sacarlo y uno de sus hijos, Ulises, temeroso de que don Conta atente contra su vida, le pide a Quique que se lo lleve a Cañete. Accede este y, en auto, lo traslada hasta esta ciudad.
- “No te puedes imaginar, me dice Quique, el calvario que significó para mí este viaje. Don Conta no quería vivir más”.
- “Qué va a ser de mí sin “la Flor”, me decía sollozando.Cómo voy a vivir sin ella!” Sus alaridos de dolor me partían el corazón!
Al llegar a Cañete, cansados, amargados, con la boca seca por el polvo del camino, se detienen en “La casa de lata”, prostíbulo del pueblo situado justo a la entrada sur de este.Los acoge la nueva regenta, la Nelly, alemana alta y huesuda, de ojos claros, buenamoza. Don Conta se encandila!
Al día siguiente está viviendo con ella!
Clímaco Hermosilla Silva
