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Entre el primero y lo último: Depende...

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Después de tantos años, es inevitable acordarse de pequeños pasajes que aparecen sin pedir permiso, que por simples que parezcan, invitan a reflexionar.

Una conversación de recreo en la antigua Escuela 1, en los años ’90, a propósito del “descubrimiento de América”, termina abriendo una pregunta más amplia: cómo elegimos contar la historia y por qué casi siempre miramos los extremos, dejando fuera lo que ocurre entre ambos.
A veces vuelvo a escenas simples de la Escuela 1. No ocurrió en una sala ni durante una clase formal, sino en el patio, en pleno recreo. Algunos profesores se quedaban conversando en el patio en la mitad de la cancha, formando un pequeño círculo, donde salían a colación una mezcla de temas, anécdotas, recuerdos y comentarios del día.
En una de esas conversaciones apareció la palabra “depende”. Alguien la dijo al pasar y uno de los profesores dijo que esa expresión le recordaba a un alumno que la repetía cada vez que escuchaba una afirmación demasiado categórica. Para él, nada era tan definitivo.
El ejemplo que relató tenía que ver con una clase de Historia. Había explicado, como indicaban los textos, que el descubridor de América fue Cristóbal Colón. Entonces el alumno dijo: “eso depende”. Sorprendido el profesor le preguntó de qué dependía. La respuesta del alumno fue simple ¿quién fue el primero en gritar “tierra”?
Según lo cuenta la historia fue Rodrigo de Triana, el vigía que divisó la costa desde el mástil y avisó a la tripulación. Él vio tierra antes que todos. Sin embargo, su nombre rara vez aparece cuando se resume la historia en una frase.
La anécdota se contaba con humor y provocaba risas, pero dejaba una idea dando vueltas. Lo que parecía una certeza absoluta empezaba a verse con matices. No cambiaba el hecho histórico, pero sí la forma de entenderlo.
Esa situación que terminó con risas no era un simple detalle escolar sino el reflejo de algo más amplio. Lo mismo sucede en conversaciones informales o en debates académicos. En historia, en ciencia o en cualquier área del conocimiento, casi nada es completamente definitivo. Siempre hay datos nuevos, perspectivas distintas y argumentos que obligan a afinar lo que creemos saber. Se discute, se compara y se ajusta. La verdad, por lo general, es aproximada, no absoluta.
Aún así, tendemos a simplificar.
Nos quedamos con el nombre principal, con el titular corto, con el primero que figura en la lista. En estos tiempos hasta hoy pasa con “lo último”: el último avance, la tecnología más reciente, la frontera más lejana. Se repiten noticias sobre la imagen más distante del universo captada por el Telescopio Espacial de la NASA, o sobre descubrimientos que prometen cambiarlo todo. El interés casi siempre se concentra en esos extremos; pero la mayor parte de las cosas no ocurre ahí.
Entre el capitán y el vigía había marineros cumpliendo tareas que nadie recuerda. Sin ellos no existía el viaje. De la misma forma, entre un gran descubrimiento y el siguiente hay años de trabajo silencioso, personas anónimas y esfuerzos cotidianos que sostienen lo que después se presenta como hazaña. Ejemplos hay muchos.
Con los pueblos pasa algo parecido. La historia oficial habla de fechas y nombres. La memoria real se compone de escenas pequeñas: un recreo en el patio, un profesor conversando, una pregunta inesperada, una fotografía guardada, una calle que cambia con los años.
Ahí transcurre casi todo. Tal vez por eso esa palabra todavía tiene sentido.
No como una forma de negar, sino de mirar con más cuidado.
Depende. Depende de dónde se ponga la atención, porque entre el primero y lo último se mueve, casi sin percibirlo, la vida de la mayoría.