
Rodrigo Inostroza Araneda
Periodista
En el mes de julio del año 2000 llegaron hasta Cañete detectives de la Interpol a buscar los restos de un ciudadano boliviano que estaba sepultado en el cementerio local.
Grande fue su sorpresa cuando al abrir la urna del fallecido, encontraron sólo bolsas de arena y piedras en lugar de un cadáver. La historia fue ampliamente conocida por los medios nacionales que llegaron a nuestra ciudad y el hecho se convirtió en uno de los más importantes de la crónica roja del último tiempo. Es sólo alguno de los que se han registrado y que dan para escribir un libro de muchas páginas.
Siempre he encontrado muy interesantes las crónicas que Clímaco Hermosilla escribe, ya sea en sus libros, o donde quiera que plasme en letras lo que vivió, escuchó o simplemente le llegó a él como una leyenda, que se ha mantenido por largos años en nuestra ciudad. Al leer una sobre las crónicas rojas de Cañete durante la década de 1960, me fue inevitable escribir sobre una más actual que causó un revuelo noticioso muy grande, pues pareció sacada de una de las mejores películas de Hollywood.
La historia se comienza a conocer en el invierno del año 2000. Estaba junto a varios amigos en el cementerio municipal despidiendo al papá de una amiga y algo me llamó mucho la atención. Muy cerca de nosotros había un grupo de unos 10 detectives y personal del Juzgado: estaban exhumando un cadáver.
Por esas cosas de la vida y de mi trabajo, conocía a varios de los funcionarios de Investigaciones de Lebu, que trabajaban en la zona, pero ninguno de ellos estaba ahí. Su área de trabajo estaba aislada y no se podía acercar la gente a ver lo que pasaba. Me abracé de uno de mis amigos y le dije: “haz como que me siento mal y sácame disimuladamente abrazado hacia aquel lugar”. Desde mi nueva posición vimos que sacaron la urna desde la tierra, la abrieron, fotografiaron el interior, luego el lugar y más tarde se la llevaron, en medio de una copiosa lluvia que caía sobre Cañete.
La curiosidad del hombre, sumado a mi labor como corresponsal de una radio de cobertura nacional, me hizo de inmediato comenzar a hacer algunas averiguaciones sobre lo que estaba sucediendo allí en nuestras narices. Mi primera visita fue al encargado del cementerio de ese entonces, quien no “soltó” ni una sola palabra con respecto al tema, por lo que mi siguiente paso fue ir a conversar con los “tiras” amigos. Lo único que me dijeron fue que sus colegas que yo había visto eran de la Interpol y que venían de Santiago.
Otro dato que me dieron fue que los presentes en la exhumación nada podían decir, pero me dieron el nombre del fallecido. Se trataba de un ciudadano boliviano de nombre Julio del Carmen Briones Cruz, de unos 70 años de edad, quien había muerto supuestamente en Cañete, por causas naturales, y había sido sepultado allí. La Interpol investigaba porque existían antecedentes de que el hombre no había muerto y que se había fraguado una gran estafa.
Una vez conseguido el nombre, fue fácil llegar al lugar donde el supuesto difunto había vivido sus últimos días. Se trataba de una pensión del sector céntrico de la ciudad. Allí pude conocer algunos antecedentes. Según quienes lo conocieron, era un hombre tranquilo, reservado y que no se metía con nadie. Había llegado desde el norte y arrendaba una pieza. De un momento a otro se dijo que había fallecido y que sus restos estaban en el cementerio local.
La situación comenzó a llamar la atención cuando desde Bolivia surgieron dudas respecto de la muerte del anciano. Algunas versiones indicaban que se buscaba cobrar seguros y otros beneficios con documentación falsa, utilizando para ello la supuesta defunción del hombre. Fue entonces cuando se activaron diligencias internacionales y detectives de la Interpol llegaron hasta Cañete para verificar si efectivamente los restos del ciudadano boliviano se encontraban en el lugar donde se decía que estaban.
Lo que vino después fue digno de una película. Al abrir la sepultura y revisar la urna, no encontraron restos humanos, sino bolsas con arena y piedras. El boliviano no estaba muerto. Se había cometido una gran estafa.
La noticia corrió rápidamente por los medios de comunicación. Cañete aparecía una vez más en la prensa nacional por un hecho policial tan insólito como escandaloso. Los reporteros llegaban a la ciudad, buscaban testimonios, recorrían el cementerio y trataban de reconstruir una historia que parecía increíble. Para muchos, costaba creer que algo así hubiese ocurrido en una ciudad tranquila del sur.
Con el paso de los días se fueron conociendo más detalles, pero como ocurre tantas veces, con el tiempo el caso fue saliendo de la agenda noticiosa. Sin embargo, para quienes supimos de él desde el primer momento, quedó grabado como una de esas historias que no se olvidan. No todos los días se descubre que un muerto no estaba muerto y que en su lugar sólo había arena y piedras.
Historias como ésta son las que hacen que las crónicas rojas de los pueblos tengan un sabor distinto. No se trata sólo del delito o del hecho policial en sí, sino del impacto que producen en una comunidad entera, donde todos comentan, todos opinan y todos terminan siendo, de una u otra forma, parte del relato.
Hoy, al recordar aquel episodio, no puedo evitar pensar que Cañete guarda en su memoria una larga lista de hechos sorprendentes, algunos trágicos, otros extraños, y varios simplemente increíbles. Este caso del boliviano que no estaba muerto es uno de ellos. Y aunque el tiempo pase, seguirá siendo parte de esas historias que merecen ser contadas una y otra vez.
