Todo pueblo tiene sus historias policiales “predilectas”: aquellas que se repiten una y otra vez a la hora de los recuerdos y de las tertulias,
aquellas que se transformaron en patrimonio de la comunidad porque la afectaron de una forma tal que marcó no solamente a sus vecinos afectados sino a la comunidad entera. Son historias que ingresaron al folklore local.
Nuestro pueblo, a fines de los cincuenta y a comienzos de los sesenta, vive dos de estas historias que hoy les quiero contar:
Comencemos con la de los Cáceres Bill o “Will”, lo he visto escrito de las dos formas: Un día cualquiera, el año 61 o 62, aparecieron por Cañete dos hermanos que decían ser comerciantes, tener referencias muy buenas del comercio cañetino,...y muchos deseos de instalarse aquí con un negocio!
Tito Gajardo dice que llegaron a la ciudad con un individuo, especie de falte, que tuvo después un hotel en Los Angeles.
Rápidamente comenzaron a frecuentar el Club y a participar en sus tertulias y en las de los demás sitios de reunión del pueblo. Como eran simpáticos y desprendidos, pronto fueron aceptados por los cañetinos y se integraron a la vida social de la ciudad.
Llegaban puntualmente los domingos a misa de once y se ubicaban en los primeros bancos de la iglesia, entre connotados vecinos de Cañete y sus señoras. Al momento de la limosna, metían su mano al bolsillo y sacaban, piadosa y generosamente, una buena suma de dinero, la que, sin aspavientos por supuesto, pero dándose el tiempo para ser observados por las personas situadas a su lado, depositaban en la bolsita de terciopelo rojo que le tendían las señoras encargadas de la colecta.
Demás está decir que, a los quince días, todos los cañetinos acomodados, avergonzados de su “cicatería” anterior, estaban también depositando jugosas limosnas en la bolsita de la colecta.
Después de misa, como fue costumbre en el pueblo por muchísimos años, los Cáceres Bill acompañaban a sus nuevos amigos cañetinos y sus familias al aperitivo del Club, donde se esperaba la hora del almuerzo conversando durante largo rato mientras se bebía algunos pisco sour, martinis, manhattan o pichunchos acompañados de unos trocitos de queso, unas galletitas saladas, unas empanaditas o unas aceitunas.
- “Qué gente más simpática son estos Cáceres Bill!, oye”, era el comentario que se escuchaba cada vez que pasaban los hermanos por algún lugar.
Estos eran dos señores de unos 40 a 45 años, siempre muy formales, de caminar lento, generalmente de abrigo, de estatura mediana. El mayor, un poco mas alto que el otro, se llamaba Elías. Vivían en una tradicional pensión y pequeño negocio del pueblo llamado “El Coloso”. Transcurrido algún tiempo, los Cáceres Bill arrendaron un gran local situado en la casa que había sido Bodega de Vinos de la familia Vidal, en el extremo norte del pueblo, en la calle Uribe y comenzaron a hacerle las reparaciones necesarias para instalarse. Casi de inmediato, empezaron a hacer grandes compras a las mejores casas comerciales de la época y salían luego a vender los artículos a los pueblos vecinos en una camioneta Chevrolet que poseían. Todas sus compras las cancelaban en efectivo y cuando en alguna ocasión dieron un cheque para algunos días más, pagaron también religiosamente su documento. Los comerciantes cañetinos estaban felices con sus nuevos clientes y las tertulias del Club se alargaban cada noche con las anécdotas e historias de estos nuevos amigos tán simpáticos y generosos!
A alguno de sus proveedores cañetinos les llamó la atención el hecho de que los hermanos compraran grandes cantidades de harina al Molino Larroulet y la vendieran luego a un precio más bajo en los pueblos y ciudades vecinas pero al, consultársele por esta situación, los hermanos respondieron de inmediato que ellos obtenían las utilidades con la venta de los otros artículos y que utilizaban la harina como una “canada” para hacerse de clientes en la zona. Excelente respuesta! Qué habiles eran los Cáceres Bill!
Mi padre, al que no le gustaba mucho recordar después este episodio de su vida comercial, le entregó también a estos clientes grandes cantidades de zapatos y otros artículos que, superada la natural desconfianza de los primeros meses, los hermanos ya estaban cancelando con documentos a fecha.
De pronto, sin que nadie lo esperara, se produce la catástrofe: la noticia cayó sobre el pueblo como una bomba! Los Cáceres Bill estaban presos! Rápidamente los comerciantes afectados logran que se abra el local comercial de los hermanos y descubren en las estanterías de este miles de cajas de zapatos...vacías!
Armando Bocaz me contaba que ellos le fletaban a los Cáceres Bill en su camión GMC amarillo y que un par de días antes de la catástrofe le habían ido a dejar la última carga a San Fernando, donde estos tenían un gran negocio.
Allá partió mi padre en avión con un piloto de Investigaciones de apellido Elso y pudo recuperar una parte importante de sus mercaderías pero la mayor parte de lo que habían comprado los hermanos en Cañete ya había sido vendida por los facinerosos en casi todos los pueblos de la zona.
- “Fíjate que a nosotros nos entregaron unas guías de mercaderías que había que retirar en Concepción, me contaba Armando, las retiramos y nos vinimos con el camión cargado a Cañete y, cuando llegamos, los carabineros nos estaban esperando y retuvieron todos los artículos que traíamos porque ya los Cáceres Bill estaban presos. Parece que por denuncias llegadas a Cañete desde la zona central”.
Después del escándalo inicial y de las tragedias que este hecho produjo (hubo gente que fue estafada en sumas muy importantes de dinero), este hecho policial se comentó por meses o por años en el pueblo y dejó una enseñanza: a la hora de hacer negocios no hay que dejarse impresionar por la simpatía de las personas o por la generosidad de las limosnas que dan en la misa de 11!
El otro caso caso emblemático de estafa producido en nuestra ciudad es “el caso Chamblás”:
Era este Chamblás un pequeño comprador de animales llegado al pueblo a fines de los años cincuenta, que trabajó en la ciudad durante unos 6 u 8 años y que se ganó la confianza de todos sus proveedores por su honestidad para hacer negocios y su responsabilidad a toda prueba en lo que se refería al cumplimiento de sus obligaciones.
De aspecto bonachón, regordete, de edad y de estatura medianas, siempre de manta y de sombrero, Chamblás vivía en la casa de la señora Manuela Sáez, en el centro de la ciudad.
Nuestro personaje se dedicaba a comprar en la zona cerdos y vacunos los que trasladaba luego en carros del ferrocarril al norte donde los vendía.
Al igual que los Cáceres Bill, un día cualquiera Chamblás compró los chanchos y los vacunos que encontró en toda la zona, dió cheques a fecha por ellos, cargó todos los carros de ferrocarril que encontró, se las echó pa `l norte...y no volvió nunca más! Se esfumó! Ningún cañetino lo vio nunca más! Tal es así que en la ciudad se acuñó una expresión para designar una situación en la que una persona que tiene que cumplir alguna obligación desaparece para siempre. Se dice por ejemplo: “ La novia estaba esperando en la iglesia y el novio,...Te juiste Chamblás!”
De los afectados por Chamblás que salen a relucir cuando alguien recuerda el caso, habría que nombrar a Quique Venturelli que tenía una sociedad de crianza de chanchos con don José San Martín y que perdió 270 cerdos!-
“Como le habíamos sacado buen precio a los chanchos, habíamos muerto uno que nos quedó, bien bonito, para celebrar el negocio, me contaba Quique, pero tuvimos que parar la comilona porque al desgraciado de Chamblás no lo vimos nunca más! Me arruiné completamente esa vez! Después le hicimos una colecta a don Oscar Bocaz, que era socio con don Humberto Sáez y que habían perdido también sus vacunos y chanchos, para que saliera a buscar a Chamblás por Chile, pero este se había hecho humo! No lo pillamos nunca! Don Oscar anduvo como dos meses en Santiago y en otras ciudades con una foto de Chamblás, la que mostraba a la gente que se le cruzaba en la calle a la que le preguntaba: ¿Conoce usted a este caballero?”
Otros afectados fueron Nicasio Otondo, don Emilio Larroulet, que perdió una cantidad importante de vacunos,...y don Chito Viveros, que perdió dos chanchos muy bonitos que había criado él mismo.
Don Chito le vendía sus chanchos al “Ganso Véjar” pero, por consejo de su hermano Fe
ando, que le dijo que Chamblás andaba pagando muy bien, decidió también vendérselos a este último.
Don Fe
ando Viveros era muy amigo de Chamblás ya que, como martillero de la Feria de Cañete, le había vendido animales en muchas ocasiones.
- “Quién me manda hacerle caso a “Peloduro” !(así le decía a su hermano Ferando), se lamentaba después don Chito.
Cuando, pasados algunos días, no recibía el pago por sus chanchos , don Chito le preguntó a su hermano.
- “Bueno pues, Fernando, ¿Y cuándo paga Chamblás?”
Don Fernando, que se había quedado calladito todo ese tiempo, le contestó:
- “¿Pero que no sabes que Chamblás se arrancó y que no le pagó a nadie?” Don Chito, enojado, replicó:
- “ Se los llevó el h..... Pero harto caro que se los vendí!”
Esta es la historia de la cándida Cañete y de algunos malulos que por aquí anduvieron.
Del Libro "Nuevas Crónicas" de Clímaco Hermosilla, febrero del 2000.
