El tiempo que ocurre antes del segundo

Esta semana la física volvió a correr el límite de lo observable. Investigadores lograron generar pulsos de luz tan breves que permiten medir procesos que duran apenas unas trillonésimas de segundo.

La escala tiene nombre: attosegundo. Hasta hace poco era territorio exclusivo de las ecuaciones. Hoy empieza a ser terreno experimental.
Laboratorios como el Instituto de Ciencias Fotónicas (ICFO), junto a científicos como Allan Johnson, están produciendo destellos ultrarrápidos capaces de “congelar” el movimiento de los electrones dentro de los átomos. No se trata de una curiosidad técnica. Es la posibilidad de observar, por primera vez, cómo se transfieren la energía y la materia en el nivel más básico de la naturaleza. 
Dicho en simple: mirar el instante exacto en que la realidad se fabrica.
Un attosegundo es la trillonésima parte de un segundo. El número tiene tantos ceros que pierde sentido apenas se escribe. Pero hay una comparación que ayuda a dimensionarlo: hay más attosegundos en un segundo que segundos desde el origen del universo.
Ahí abajo, en ese intervalo invisible, se decide casi todo: la química, la electricidad, el comportamiento de los materiales, en definitiva, la base de la vida cotidiana.
Apago la pantalla después de leer la noticia y voy a la cocina. Me sirvo un helado. La cuchara tarda un segundo en llegar a la boca. Ese segundo es mi medida de lo rápido. Parpadear, encender la luz, cruzar la calle. Siempre creí que el mundo se movía más o menos a esa velocidad, acompasado a nuestro cuerpo.
Pero no, mientras hago ese gesto mínimo, dentro del helado y dentro de mi mano los electrones ya se movieron millones de millones de veces. Cambiaron de estado, intercambiaron energía, iniciaron reacciones químicas. Todo antes de que yo termine de pensar lo que estoy haciendo.
La materia no espera, nosotros sí.
Aquí es dinde aparece algo desconcertante, el universo funciona a una velocidad absurda, pero la conciencia humana es lenta, pensar toma milisegundos, aprender toma años, entender la vida puede tomar décadas. Mientras la naturaleza resuelve su destino en attosegundos, nosotros necesitamos calendarios.
Quizás por eso inventamos relojes, álbumes, archivos y memoria.
La física intenta capturar el instante más pequeño posible. Nosotros, en cambio, guardamos los instantes largos: una fotografía antigua, una calle que ya no existe igual, el recuerdo de una voz. Ellos estudian cómo nace la materia. Nosotros tratamos de que el tiempo no se lleve lo vivido.

Cuanto más leo sobre estos descubrimientos, más evidente se vuelve la paradoja: todo lo esencial ocurre antes de que podamos notarlo. La realidad sucede primero. El pensamiento llega después, como un cronista tardío que intenta explicar lo que ya pasó.

Entonces la noticia científica deja de ser solo un avance tecnológico y se transforma en otra cosa. En una pregunta.

Si la materia se organiza en tiempos que ni siquiera podemos imaginar,
si el universo corre a una velocidad que nos deja atrás desde el primer instante,

¿qué lugar ocupamos nosotros en esta historia?

¿Somos apenas un paréntesis lento dentro de un mecanismo vertiginoso?
¿Una pausa consciente en medio de un torbellino de energía?
¿O el único punto donde el cosmos, por un momento, se detiene a preguntarse quién es?

Tal vez el tiempo no está hecho para el universo.
Tal vez está hecho para nosotros.

Para demorarnos.
Para recordar.
Para darle sentido a una tarde cualquiera.

Mientras los electrones corren sin descanso, yo todavía puedo hacer algo que ellos no pueden: detenerme… y pensar.