El patrimonio, el comercio, la ética... y otras yerbas

Los cañetinos de sesenta o más años atesoramos vivencias que nuestros hijos o nietos, hélas!, no podrán disfrutar, o porque los naturales cambios socioeconómicos ocurridos dentro de nuestra sistema social han erradicado ciertos hábitos,

tradiciones o costumbres, o porque nuevas e interesadas visiones sociopolíticas han proscrito viejas y entrañables visiones del mundo o porque malas prácticas agrícolas han exterminado numerosas y notables especies de la flora nativa.

Una de esas experiencias cañetinas (extendidas también a toda la parte sur de nuestra provincia) era la de comer, saborear, engullir, con fruición, ese maravilloso fruto de nuestra tierra que es la frutilla chilena (fragaria chiloensis), que se daba todavía, cultivada o en forma silvestre, en múltiples lugares de nuestra zona, al igual que su aromático y exquisito hermano menor: el lagüeñe.

Durante el mes de diciembre y enero, las familias cañetinas nos trasladábamos, por ejemplo, a la parte alta de Huillincó, a esas lomas que quedan entre la carretera que une Cañete y Concepción y el valle del río Tucapel, donde había extensas plantaciones de frutilla (sólo así: frutilla. No teníamos que decir frutilla chilena o frutilla blanca, ya que no había otra) a comprar grandes cantidades de este fruto, para degustarlo en los tradicionales postres de frutilla con crema o en los apreciados clery o borgoña que eran los aperitivos de opíparos almuerzos o comidas estivales.

Los niños que jugábamos en los lugares cercanos al pueblo, como las lomas sobre las que hoy se asientan las poblaciones Ignacio Hurtado, o Villa Magisterio o la Población Anguita, o la Gajardo Sur, o Los Canelos, etc, recogíamos ahí grandes cantidades de lagüeñes (que nos embriagaban con su penetrante aroma), los que, después de harta
os de comer, ensartábamos en los largos tallos de sietevenas que llevábamos, como largos rosarios, a nuestras casas, donde perfumaban todo el ambiente.

En esos lugares abundaba también otro fruto silvestre comestible que engullíamos: el michay, también hoy, aparentemente, extinto.

Desde hace algunos años, es cada día más difícil encontrar sitios donde se cultive nuestra frutilla blanca o adquirir un par de kilos de ella en Cañete. Algunas caseras de muchos años me surtieron de ella hasta hace dos o tres años, fecha en la que, definitivamente, esta dejó de llegar a la ciudad. En lugar de nuestra deliciosa frutilla, apareció un híbrido … con cara de león, patas de león, melena de león … ¡pero sin alma de león! Es una frutilla con trabajo genético que trató de conservar las características esenciales de la antigua fragaria chiloensis: color, textura, aroma … y que casi lo logró a plenitud … ¡pero hay algo en el tamaño, en la textura, en el sabor … y hasta en el tono rosáceo, que no nos engaña a los viejos y nos despierta la nostalgia por el fruto original!

¿Qué sucedió entonces con la frutilla blanca de Chile?

Hagamos historia: A comienzos del siglo XVIII (1712) llegó a nuestras costas una flotilla de barcos franceses que, acogida a las nuevas facilidades dadas por los Borbones de España, venía a reconocer nuestros puertos y ciudades y, sobre todo, a comerciar.

Con ellos llegó un ingeniero naval y naturalista llamado Amédée (Amadeo) Frézier, quien, impresionado por la abundancia y el delicado sabor de este fruto silvestre conocido acá como frutilla, llevó de vuelta a Francia algunas plantitas de él, las que aclimató en el Jardín Real, en París. Las cinco plantitas que llegaron vivas a Francia se reprodujeron allá y sus frutos causaron la admiración de los refinados miembros de la Corte del Rey Sol (Louis XIV).

Trasladado Frézier a Brest, importante puerto militar de la Bretaña Francesa, para reforzar sus defensas, llevó a esas tierras sus plantas de frutilla, las que se aclimataron prodigiosamente allá.

A poco andar, “la frutilla blanca de Chile”, nuestra querida frutilla comenzó a ser llamada “la fraise blanche du Chili”, es decir, fue bautizada como “fraise” (se pronuncia “frez”) en honor a Frézier (que, en francés se pronuncia también FrEzié). Es nuestra actual fresa.

Durante más de doscientos años, la frutilla hizo la riqueza de los agricultores de la Bretaña Francesa, los que la cultivaron masivamente y la exportaron, a excelentes precios, al resto de Europa.

Para mejorar la productividad de sus plantas chilenas originales, los agricultores bretones mezclaron su fragaria chiloensis con una variedad originaria de América del norte: la fragaria virginiana, dando origen a la actual Fresa, la que hoy estamos comiendo los chilenos, variedad que no tiene problemas de subsistencia como especie, que tiene una altísima productividad y que llega a tremendos tamaños, dando a sus productores una mayor utilidad por hectárea sembrada.

Lo único malo de esto es que, por razones económicas, olvidamos el fruto original y lo reemplazamos por esta variedad genética, colaborando así a la futura (y próxima) extinción de la frutilla blanca de Chile.

¿Cómo conocí estos detalles que les entrego en este artículo? Gracias a que, hace unos doce años, llegó a Contulmo una Delegación de unos quince franceses que venían de un pueblito llamado Plougastel, en la Bretaña Francesa, a conocer los últimos reductos donde se cultivaba la frutilla blanca original en el mundo. Como serví de intérprete a esta Delegación, tuve que compartir con estas personas durante dos o tres entretenidísimos días, lapso de tiempo en el que conocí esta información y muchísimas otras referidas a cultivo y comercialización de ese fruto que se transformó en fuente de riqueza, de tradiciones y en centenario patrimonio de todos esos pueblos bretones como Plougastel y sus vecinos.

Bueno, ¿a qué viene entonces la necesidad de escribir este artículo? Simplemente, al problema cultural y ético que se plantea al encontrar en las calles de Cañete a personas que promocionan la venta de “frutilla blanca de Chile”, entregando a sus desinformados clientes un híbrido que NO ES el fruto que se ofrece.

La ciudad de Contulmo que, inteligentemente, se ha posicionado como el centro de origen y de cultivo de esta frutilla blanca en el país, debería plantearse la obligación de fomentar y normar la producción y el intercambio comercial de la frutilla original. Sólo así podrá, legítimamente, promocionar la celebración de su Semana de la Frutilla DE CONTULMO.

Los comerciantes que distribuyen este fruto tienen la obligación de informar a sus clientes sobre las características genéticas de este. No hacerlo, sería, por lo menos, incurrir en Publicidad Engañosa.

También organismos técnicos como el SAG O INDAP deberán tomar cartas en el asunto, evitando que se generalice un fraude que no ayuda ni colabora a la protección de nuestra diversidad genética botánica o medioambiental.

Me parece que es también importantísimo que organismos técnicos como los nombrados anteriormente dediquen sus esfuerzos y sus recursos humanos, económicos y técnicos a salvar de la extinción y a promover el renacimiento del cultivo de este maravilloso fruto nuestro que es la verdadera “frutilla blanca de Chile”.