Preservar no es acumular, es dar sentido.

Durante años guardé cosas sin preguntarme demasiado por qué.


Mi primer Diccionario Ilustrado Larousse, con las puntas gastadas y algunas palabras subrayadas con lápiz grafito.
Un cuaderno de Quinto Año de Primaria, con letra insegura, cuentas mal borradas y una calificación que hoy ya no significa nada;  pero que en su momento lo era todo.
Entradas de cine dobladas, una llave que ya no abre ninguna puerta, un puñado de bolitas de greda que compré donde Enrique Krause y que alguna vez llenaron mis bolsillos.
Un día entendí algo simple: no las estaba guardando por costumbre ni por desorden. Las estaba guardando porque en ellas hay algo que todavía me dice quién fui y quién sigo siendo.
Preservar no es acumular; acumular es juntar por juntar; es llenar cajas, estantes, carpetas digitales que casi nunca volvemos a abrir.
Preservar es distinto; preservar es elegir; es decidir que ese diccionario no es sólo papel viejo, sino el momento en que uno empezó a descubrir que el mundo cabía dentro de las palabras.
Es entender que ese cuaderno escolar no es sólo algo antiguo, sino la evidencia de que hubo un niño intentando entender las reglas, las sumas, la vida.
Cambiamos de ideas, de certezas, perdemos personas, ganamos experiencias. Nos equivocamos más de una vez; sin embargo, hay cosas que permanecen, no porque vivamos pegados al pasado, sino porque al mirarlas nos recuerdan que hemos recorrido un camino; que no aparecimos de la nada en el presente.
Preservar no es un acto romántico, es un acto consciente, es decir que algunas cosas tienen sentido.
Si tiene sentido, entonces mi paso por aquí también lo tiene.
En tiempos donde todo se reemplaza, donde lo nuevo desplaza a lo anterior, el hecho de haber conservado  no es para detener el tiempo, sino para comprenderlo.
No guardo mi diccionario por nostalgia, lo conservo porque ahí comenzó algo; no guardo ese cuaderno por apego, lo preservo porque en esas páginas hay intentos, errores, esfuerzo. Eso también soy yo.
Tal vez todos, de una u otra forma, nos valoramos así. A través de lo que nos costó aprender, de lo que hicimos mal y volvimos a intentar para hacerlo bien, o quién sabe… quizá cada uno guarda lo que le recuerda que no pasó en vano por esta vida, porque al final, preservar no es defender objetos, es reconocer que lo vivido tuvo su peso, su aprendizaje, su momento, no para quedarse atrapado ahí, sino para caminar con algo más claro.
Nada épico, nada dramático, sólo la simple certeza de que lo que fue, importa y eso basta.Tal vez, sin darnos cuenta, cada vez que elegimos qué conservar, estamos eligiendo también qué parte de nosotros vale la pena seguir recordando.

Gorart V.