
Después de tantos años, es inevitable acordarse de pequeños pasajes que aparecen sin pedir permiso, que por simples que parezcan, invitan a reflexionar.
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Don José Lepicheo Silva, pequeño comerciante de la feria de calle Esmeralda, me contó un pedacito de su historia mientras ordenaba su puesto para comenzar la jornada.

Nada extraordinario, sólo que el camino guarda su historia: la tuya, la mía, la de todos.

Hace tiempo varios vecinos preguntan por fotos de ellos.
Para quienes crecimos en Cañete de los años ’50 y ’60 y para quienes lo conocieron por la voz de padres y abuelos, estos abrevaderos formaban parte del paisaje del pueblo: puntos de descanso y agua para caballos y bueyes después del viaje desde el campo.
